Por Juan Esteban Portilla.
La portada de la revista TIME, que saldrá el 23 de marzo, resume una contradicción poderosa: Donald Trump, que volvió al poder prometiendo priorizar a Estados Unidos y alejarse de aventuras externas, hoy aparece asociado a una lógica de intervención múltiple, abriendo frentes en varios países al mismo tiempo. El eslogan “Make America Great Again”, con el que recuperó la presidencia de EE.UU., es usado por la revista para mostrar cómo esa promesa deriva ahora en una política de intervención que alcanza incluso a Ecuador.
Lo que plantea la revista es justamente esa contradicción. En campaña, Trump se presentó más como un candidato antiintervención y contrario a nuevas guerras que como un líder dispuesto a abrir frentes militares en otros países. Sin embargo, ya en el poder, sus decisiones muestran lo contrario: una política exterior más agresiva, con operaciones simultáneas en distintos escenarios.
En mi caso, si bien creo que a Trump le ha faltado diplomacia con países que históricamente han sido aliados de EE.UU., tampoco caigo en la crítica por conveniencia en la que sí veo caer a mucha gente. Cuestionar por qué Estados Unidos se mete en conflictos que no son suyos resulta contradictorio cuando esa misma intervención se celebra en casos como la captura de Nicolás Maduro. Lo mismo ocurre con el ataque a Irán y con la ayuda que hoy está dando en nuestra guerra contra el narcotráfico.
Claro que Trump no actúa únicamente porque otros países necesitan ayuda y él asume una especie de papel de superhéroe. Bajo el “America First” de su discurso, interviene donde, según la inteligencia de su gobierno, existen intereses concretos de EE.UU. y también amenazas a su seguridad.
Las intervenciones de EE.UU. responden a una lógica estratégica y el apoyo a Ecuador en su lucha contra el narcotráfico y el terrorismo también forma parte de ella. Yo celebro que cualquier gobierno que legítimamente quiera ayudarnos lo haga, porque a nosotros esa guerra ya nos ha rebasado por completo. Enfrentamos organizaciones criminales cada vez más violentas, con capacidad de corromper, infiltrar y desestabilizar al país.
Lo que sí queda claro es que un Presidente puede decidir cómo empieza una guerra, pero no controla cómo termina.