Por Juan Esteban Portilla
La relación entre Elon Musk con Donald Trump era una bomba de tiempo. Ambos son figuras dominantes, impulsivas, acostumbradas a mandar y no a ceder. Dos egos gigantes con acceso directo al poder y a sus propias plataformas para amplificar cualquier roce. Su alianza fue útil mientras sirvió a sus intereses, pero siempre fue más transacción que convicción.
Esta semana estalló el conflicto. Todo comenzó cuando Musk criticó el enorme costo del proyecto de ley de política interior que impulsa la Casa Blanca. Trump, aún en funciones, respondió con una declaración pública de decepción. El resto del intercambio fue como un duelo moderno, en redes sociales. Solo con la diferencia que en este caso, cada uno lo hace en sus redes propias. Trump en Truth Social y Musk en X.
Las acusaciones subieron de tono rápidamente. Trump amenazó con cancelar subsidios y contratos a las empresas de Musk, incluyendo SpaceX. Lo llamó desagradecido y lo acusó de perder la cabeza. Musk, por su parte, afirmó que sin su apoyo económico Trump no habría ganado las elecciones. Y luego soltó una bomba: insinuó que Trump figura en los archivos del caso Epstein.
El resultado de todo esto y en pocos días es que Tesla perdió más del 14% de su valor bursátil, mientras que las acciones de Trump Media bajaron un 8%, quedando claro que no es solo un escándalo mediático sino que hay repercusiones tangibles para los negocios involucrados.
Pero el impacto va más allá del mercado. Esta pelea pública evidencia fracturas en la coalición de poder conservadora y plantea interrogantes sobre contratos gubernamentales, influencia política y lealtades futuras.
Cuando dos titanes chocan, el espectáculo es inevitable. Pero en este caso, las consecuencias también podrían serlo.